Saldo de 33

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– Todavía encuentro minutos para recostarme en el regazo de mi mamá y volver a ser chica.

– Como cuando me explicaba matemáticas a los ocho años, mi papá se sentó toda una tarde conmigo para hacerme los puntos de contacto entre una escalada inflacionaria y una economía en recesión. Algo me quedó,  no de teoría económica, sino de sus arrugas y detalles.

– A su manera, me marcaron uno y cada uno de los errores que cometí. Involuntariamente, me convencen de que, en momentos importantes, supe elegir bien.

– Pasé unas pocas tardes y unas muchas noches acostaba en el piso, viendo dibujitos con mi hijo, que ahora ama tanto al Chavo como yo lo hice. Se sorprendió de saber que yo también crecí con la Pantera Rosa, Scooby Doo y Tom y Jerry.

– Mi hermana menor, con la que nos odiamos 364 días al año, me dijo que me ama. Y le creí.

– Engordé un poco y estoy mejor así.

– Tengo un trabajo que me desquicia y llena de satisfacción. En parte, porque lo elegí. En (otra) parte, porque gracias a él conocí a personas maravillosas.

– Contra mi incapacidad para hacer amigos, sumé dos nuevas y recuperé otros viejos.

– Cada noche, alguien dice que me ama. Y que, cuando estaba “en ese lugar donde están los bebés que todavía no nacen”, había pedido tener a la mejor mamá. “Y la mejor sos vos. Y te elijo para siempre”, jura.

– Aunque olvidé la voz de mi abuela, encontré en una perfumería la colonia tan linda como vulgar que usaba. Ahora tengo su aroma en los pocos pañuelos de tela que usaba y conservo.

– Coleccioné grandes amores, medianos amores, pequeños amores. Con algunos todavía sonrío.

– A alguno le mejoré la vida.

– Logré entrar en una ferretería, con paso seguro, y pedir el “pendorchito” que me faltaba, sin que me vendieran estupideces. El vendedor no me mira con sorna y yo no tengo que volver a cambiarlo.

– Volví a estudiar, una de las pocas cosas que mejor sé hacer.

– Aún bailo. Y lo hago tan mal, que me veo obligada a tomar clases para hacerlo bien.

– Aprendí a reírme de todo, de todos y de mí. Y pese a ello, seguir quejándome.

– Todavía no sé a qué se refiere mi mamá cuando me reclama diciendo que “debía darme (mi) lugar”. Sigo buscando, con menos presión que nunca.

– Hasta hoy, no entiendo la utilidad de hacer listas, salvo para los balances de fin de año y las fiestas de cumpleaños.

– Descubrí que cocino demasiado la carne de cerdo. Y la de vaca. Y el pollo también. Si aprendo el punto justo de cada una, habré bajado mi consumo de gas. Por el contrario, otros platos han sido halagados hasta el fin del mundo y las servilletas.

– Sigo recuperando las pocas anécdotas que quedan en la familia sobre el abuelo polaco: no era guapo, hablaba poco, tenía ojos claros y una tremenda nariz, le costaba decir “mortadela”, leía mucho y, cuando perdía la cuenta de las copas, no paraba de cantar.

– Todavía no recibo la nota del final de Finanzas. Con suerte, mi 2014 acaba en la feliz ignorancia ante el fracaso.

– El cinismo no mató mi capacidad de sorprenderme ante cualquier cosa. Ni la de conmoverme ante unas pocas.

– Aprendí que la incorrección política puede ser elegantemente disimulada como “realismo”.

– También, que ya no guardo rencor.

– Leí, leí y seguí leyendo. Obligada, por placer o por apuro. De todo saqué algo. Bueno, de casi todo.

– Sigo siendo impaciente, intolerante. Pero encantadora. Desordenada. Pero encantadora.

– Mantuve conmigo a gente admirable. Están vivos y tienen mi edad (o unos pocos años menos).

– Me dijeron “chica Bond”, sutileza con la que estallé de risa. Maldita Ursula Andress, me seguís marcando el paso.

Estuvieron bien los 32. Están más que bien los 33.

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