Principio y fin del absurdo

Es como toda historia circular. La vida implica, sí o sí, el comienzo inevitable del proceso de muerte. El nacimiento de un hijo supone el fin del idílico estado de gravidez. Y para una mujer, dejar de ser la oportunista aprovechadora de comodidades detrás de una panza, no es un hecho menor. Una ya no es una.

Es dos, pero ese segundo ser aparece como una extensión extraña, demandante, eclipsante de todas nuestras necesidades. Dar a luz implica un estado de felicidad que resulta casi imposible de ser descripto, pero implica también un cambio en tantas dimensiones en una misma persona, que resulta también casi imposible no sentirse afectado. Hasta invisible.

Frente a eso, el hecho mismo de parir cobra una relevancia que nadie prevé hasta el puto minuto brutal en que sabemos que, oh no!, rompimos bolsa (o como sea que hayan comenzado los partos).

Ya te bancaste nueve meses siendo “la mami”. Ya no sabés tu nombre. Perdiste identidad ante el intempestivo “la mami de”. “El tuyo”, “la tuya”, “el mío”, “la mía”. A medida que avance el embarazo, esas palabras coparán toda lógica comunicacional de una sala de espera. Vos eras una mujer antes de ser una embarazada, pero ahí te jodés.

Y en función del bebé por venir, toda opinión basada en ciencia, comodidad, naturaleza, y la madre que los parió, se te impone. Poné el cuerpito, que la cesárea, la episiotomía, los puntos, la lactancia, las estrías, el dolor óseo son lo de menos en esta tarea fantástica y sin final. Mentira que son lo de menos. En el postparto inmediato, hablemos de lo que te duele todo, al punto de convertirte en una fiera enloquecida, pero eso sí, en una habitación privada para vos solita, con suero y una atención tan divina que no sabés si pedirte un Klosidol o que te vengan a poner los ruleros.

Esta es la Semana del Parto Respetado. Es la primera vez que veo los conceptos “parto” y “respeto” en la misma oración. No puedo decir que mi experiencia como la parturienta de lujo que fui se haya convertido en un recuerdo traumático, pero seguramente lo hubiera sido si no era porque, a fuerza de soberbia y audacia, preferí hacer lo que me salió en lugar de lo que me mandaron, si no mediaba una explicación que realmente me convenciera de lo que era adecuado.

El embarazo de Fede tuvo todo. Náuseas cuatro meses, plenitud total los otros cinco. Me hice fan del Mylanta, los alfajores Jorgito y la ensalada de fruta con miel. Tuve antojos de Nesquik y filet de merluza que, por suerte, ya se me pasó. Bailé como pocas veces en la vida. Hasta último momento, fui yo. Comí lo que quise, me vestí mejor que nunca. Fui hermosa de todas las maneras en que una mujer puede serlo (y eso que la idiota de la peluquera me había hachado la cabeza).

Fede nació el 15 de enero. El 14, tuve una reunión laboral a dos horas de mi casa, almorcé con mi ex cuñImagenada, me hice todos los estudios de rutina, hice una producción de fotos con su papá, caminé unas veinte cuadras en tacos y cené con mis primos. En la madrugada del jueves 15, mi prima preguntó: “¿Estás ansiosa?”. “No, no quiero que nazca. Sería feliz con esta panza siempre”, decía. Dos semanas antes, protestaba por no poder encorvarme sobre la mesa. Antes de dormir, vi otra vez la ecografía y revisé el bolso por enésima vez. Supuestamente, faltaban unos días.. Sin pensar, le escribí a su papá para invitarlo a presenciar el parto. La separación había corroído todo vínculo pero había uno que ameritaba salvar lo que quedara. Aceptó.

Horas más tarde, las insoportables ganas de hacer pis se convirtieron en una rotura de bolsa estrepitosa. Mientras yo buscaba, sin suerte, las sandalias fucsia que combinaban con mi vestido, mi mamá organizaba todo un operativo de desquicio. “Pupi, ¿los estudios, los tenés? ¿El bolso? ¿Vos sabés ir hasta allá? ¡¿Por qué complicás todo?! ¿¡No había sanatorios por acá?! ¿Tenías que elegir ese hospital? Hola, sí.. Buen día. Necesito un auto urgente, pero que sea confortable, por favor. ¿Lo manda ahora? Por favor, no se demore. Nati.. ¡¡Nati!! ¿Qué estás buscando? ¿Encontraste mi cartera? ¿Llevás el carnet? ¡El gordo! ¿Alguien le avisó a Papá? No lo hagan hasta que estemos allá. A ver si se viene rajando y le pasa algo. Es un hombre grande, y el corazón, y la diabetes. Yo hablo con él..”. Esa es Mita, mi mamá. No paraba de hablar. Cuando lo hizo, fue para mirarme por un segundo. Supongo que en ese momento entendió en secreto la incertidumbre de todo el proceso, y recordó sus partos, uno tan discreto y el otro tan accidentado. En lo que duró el viaje, me pinté las uñas y acomodé la cartera.. Mi hermana miraba de reojo. No entendía mi aparente calma. Yo prefería resignarme a un momento inevitable y recibir a mi hijo con paz. Que su llegada fuera un comienzo feliz y con calma.

Si el trabajo de parto arrancaba así, la llegada al hospital no podía ser menos. Esperar media hora en la guardia, en un estado relativo, con una madre que sentía cada minuto como si fuera una hora, y que todos preguntaran “¿Cómo se siente la mami?”, no era lo ideal. La mami está bien, pero atiéndanme, y denme algo de comer, que no desayuné. No pensaba en otra cosa. No podía. No había desayunado. Y me había olvidado de traer el mate. Sólo tenía un minialfajor que mi hermana mayor había traído de sus vacaciones. Una chicana burlona del destino. Una hijadeputa chicana burlona del destino. Todo el embarazo comiendo sin medida para ayunar de esta manera…

Dejo pasar las clases de preparto, donde la coordinadora se empecinaba en hablar del acompañamiento del papi a la mami, y cómo pasarle la pelotita de tenis en la espalda para combatir los dolores, y las posiciones de parto, tan estructuradas, y la respiración, y el 1 y 2, y todo eso que te olvidás cuando vas a parir. Lo olvidé: en la primera contracción realmente seria, las indicaciones dejaron de existir para mí.

Durante las próximas siete horas, estuve en una habitación sola. Sola, es un decir. Éramos ocho personas. Ocho. El padre de Fede, mis dos hermanas, mi sobrina… Papi (el mío) se dormitaba. Mami prefirió cambiar la adrenalina por un ataque al hígado que la hacía vomitar cada tres minutos. Yo tomaba mate (porque mi incondicional prima me había conseguido un equipo), me perfumaba y abanicaba ante cada contracción. Sólo vinieron los médicos una sola vez. Dijeron que tenía 7 cm de dilatación pero se preocuparon más por la inminente abuela, envuelta en una sucesión de arcadas. Cuando finalmente volvió en sí, pidió que me revisaran de nuevo. Dos médicos venían a ver cuánto había avanzado. “A verrr, permiso, mamiii”. “Falta, no es momento”, decía en secreto. “Falta”…

“Mmm, no estás dilatando mucho, má..”, dijo el bocón tras el delantal blanco Ala, sin evaluar si mi séquito familiar debía escuchar el diagnóstico o no.

Me fueron a una sala de preparto. Ahí sólo entraba una persona. Entre mami reloaded y el papi (el papi mío no, el de Fede) se turnaban para entrar. Sólo ahí logré encontrar a alguien que me viera a mí, ni a Fede ni a “la mamá de”. A mí. “Mirá, gorda… No sé de dónde sacaron los 7 cm. No llegás ni a 5. Tenés dos opciones. Estás así y sufrís unas horas más, para terminar en una cesárea, o tratamos entre nosotras de que Fede nazca tranquilo. ¿Qué preferís?”, me dijo Iris, la partera. LA partera. Ella, que me sonreía en cada monitoreo, era la única que me podía sacar de tanta irracionalidad.

Pedí que me anestesiaran. Una dosis y media de peridural terminó con la idea idiota del parto natural, semisentada y sin fármacos. Dolía. Mucho. La mitad del cuerpo ardía por momentos pero había jurado no gritar. Mi hijo no llegaría al mundo escuchando a su madre de ese modo. Iris se dedicó a hacer encajar al bebé. Hacia el final, se quedó a mi lado, acompañando la espera. Olvidé que desde hacía horas tenía las piernas arriba, hasta que entró mi hermano. Él no esperaba verme así. Yo tampoco esperaba que se apareciera entre las cortinas de los boxes. Hubo un grito y una carcajada. Huyó despavorido. Mientras, el padre del chino iba y venía: su madre lo llamaba constantemente por teléfono porque llegaban unos turistas suizos que él recibiría por Couchsurfing.

Pasadas las 19.30, el obstetra apareció con todo el equipo que participaría del parto que (yo) creía íntimo. “Flaca, ya estamos, eh? Ya me contaron todo. En un rato pasamos a la sala pero vos pujá. No esperes a llegar allá”. Una hora después, estaba en la sala de partos. Sonaba, a modo de música funcional, Madonna y su “No llores por mí, Argentina”. Me negaba a parir con ese tema en el aire. Con la suerte de mi lado, la canción ya casi terminaba. Hubo un pujo mientras pasaba de una camilla a otra. “Ya estás coronando! Mirá!”, dijo alguno de los médicos. Nunca supe quién. Grité que, acostada como estaba, no veía. La partera me incorporó. “Pujá fuerte y, cuando te diga, largás el aire de golpe”, recomendó el médico que llevaba el parto bajo la mirada de mi obstetra. Así evitamos la episiotomía. No sé cómo pero en tres pujos, riendo y cobijada bajo el guiño de Iris, nació El Chino.

Tenía casi un kilo menos de lo que habían pronosticado. Era largo, fuerte. Casi no pestañeaba. Sobre mi pecho, le susurre al oído: “Bienvenido, soy Mamá”. Cuando se lo llevaban, exclamé: “¡Tiene una tijera en la panza! ¡¡Una tijera!!”. Era el broche del cordón umbilical. “Nena, así como venís, podés tener cuatro más”, dijo uno. Seguía con las piernas arriba. Tras unos quince minutos, con una movilidad digna de una ameba, logré que me ayudaran a bajarlas.Imagen

Después de largos meses, esa fue la primera noche en que logré dormir, a pesar de las cinco enfermeras que entraron en la habitación en un lapso de ocho horas. En un día, logré contar la visita de doce profesionales distintos, más las visitas: la nurse, mi enfermera, la que acomodaba el baño, la que acomodaba la habitación, la de la comida, la especialista en lactancia, la que venía a ver si lo querías pelar, la promotora de productos de higiene y más.

Todo lo que Mita me indicaba iba contra las nuevas tendencias en maternidad. Que duerma así, vestilo así, cambiale el pañal antes o después de comer. Limpialo de tal manera, acostalo boca arriba. Aprendé a manejar los cólicos.

“Mami, ¿podemos ver cómo le damos el pecho al gordito?”, preguntaba, no sin cierto tono intimidante la especialista en lactancia y no sé qué más. Insistía en cinco posiciones fundamentales para que Fede se alimentara. En una de ellas, lo tenía que poner bajo mi brazo, como si fuera una baguette.

Tres días después, salí de ahí, agradecida a todos, pero agobiada ante la insistencia. A pesar del calor que hacía en la calle, la externalización fue casi un remolino de frescura y paz, que era lo único que pretendía.

Miré el “huevito”. Fede dormía. Me pregunté qué había que hacer de ahí en más. Si él, con tres días de vida, estaba tan tranquilo, yo, con veintisiete años y cierto instinto, algo iba a poder hacer.

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