Otro tiempo

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Ariel tiene 51 años y pico, que sería 52 exactos el 16 de octubre. Y mi urgencia por describirlo antes de que se desvanezca.

Tiene el pelo negro, de ese tono que siempre hubiera querido, y algunas canas. Las cejas, desordenadas. Los ojos, marrones. Las pestañas, largas y arqueadas. Orejas perfectas. Recién hoy noté que tiene el cabello ondulado, dos verrugas casi imperceptibles en el párpado derecho y una tercera en la sien izquierda. Los labios están marcados, acaso más que los de sus tres hermanas.

Es alto, no tanto como cuando yo era chica y lo veía enorme, con ese tono de voz grave y empastado que salía desde adentro del pecho y no de los paquetes de cigarrillos que consume a diario. A mis 33, no me resulta tan alto… Acaso lo suficiente para superar la media del estereotipo familiar ítalo-vasco de nuestro apellido.

No sonríe y, si lo hace, esboza una mueca sin ruido, casi sin mostrar los dientes. Cuando sonríe, baja la cabeza y busca el piso con la mirada. Jamás escuché una carcajada suya. Tampoco un estallido de furia o un enojo miserable. Sólo una vez fui testigo de sus puteadas, y fue tan gracioso que reí a gritos cuando, sorprendido en su insulto, me pidió perdón.

Hace tiempo, mucho tiempo atrás, cuando reía como el resto de los mortales, exhibía una hilera de dientes blancos y perfectos, y un hoyuelo en la mejilla izquierda. Todavía lo tiene.

Ariel tiene una pequeña ampolla de sangre en el hombro izquierdo, similar a las que nuestro padre tiene en el pecho. Tiene su personalidad y el nombre con el que me hubieran llamado a mí de haber nacido varón. Ariel es la versión exacerbada e ingobernable de Horacio, lo mejor y lo peor de él, con casi treinta años menos. Tiene su misma letra, aunque más prolija y encantadora, y la costumbre inalterable de usar camisas a cuadros. El marco de sus anteojos es similar. La correa que usan es igual. Manejan de puta madre. También comparten una notable habilidad para “arruinar” platos: Papá le pone galletitas molidas a la salsa que queda en el plato; Ariel, sal al jamón crudo.

También tiene una terrible mueca de seriedad, eufemismo medio-pelo para no decir que mi hermano vive con cara de orto. Todo es cierto: la mueca y la cara. Es cierto que, entre adultos, tiene esa expresión que lo vuelve inabordable. Y es cierto quela parquedad con que todos lo describen queda atrás cuando se sienta en un triciclo o se acuclilla en el piso para jugar con sus sobrinos.

No tiene hijos pero adoptó a sus tres sobrinos y cobijó a sus hermanas como jefe de clan de segunda posición. “¿Necesitás algo, necesitás plata?”, me dijo una y otra vez durante los primeros años de mi maternidad. Harta, una tarde le contesté: “Andate a la mierda, vos y la plata. Yo te quiero ver. Eso necesito. ¿No te alcanza?”. “Bueno, dale, me voy a la mierda. ¿Pero no querés plata? ¿En serio?”, siguió. Y así cerraban los pocos diálogos telefónicos entre los dos. La nuestra es una hermandad de pocas palabras, hecha a base de mensajes de voz siempre desconectados de la agenda del otro y con una cadencia única para estirar la pronunciación de las íes de su apodo y el mío. Recuerdo su voz pero no cuándo hablamos por última vez. Acaso sea días después del cumpleaños de mi hijo, cuando llamé para agradecerle el regalo porque, atenta a las estupideces del protocolo, los invitados y el festejo, no hablé lo suficiente con él cuando vino a la fiesta.

Hablamos poco. Tan poco que nunca me animé a hacerle chistes sobre la vez que me vio desnuda sobre una camilla, en la sala de preparto. Otra vez, sorprendido, pedía perdón mientras yo, en un arranque de risa y humillación, lo echaba a gritos y carcajadas del lugar.

No sé de qué club es hincha, si le gusta o no el fútbol, qué ve en TV, qué piensa. Alguna vez me contó que le gusta escuchar a Phil Collins. Alguna vez amó a alguien.

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No recuerdo que nos dijéramos si nos queríamos y cuánto, pero sí que hablamos por horas durante el sepelio de mi abuela materna: se sentó conmigo en un banco de madera en la sala velatoria y habló todo el tiempo, no sé de qué. Tampoco que me tomara de la mano pero me hubiera gustado que así fuera, en especial cuando veo fotografías en las que me tiene en brazos, sacándome sonrisas de publicidad. Sí recuerdo que, en los últimos años, cuando nos despedimos en alguna reunión, le suelo robar algún abrazo oportunista.

Esta vez, me quedé con secreto al oído, una caricia en la mejilla rasposa y perfectamente afeitada y un beso en el hombro. Algunos silencios y sonrisas tristes para contener el ahogo. La madre de Ariel dice que nunca fue feliz. Papá, que no cree en nada pero a veces sí, pregunta si hizo algo malo para que Dios le lleve al hijo.

Un shock cardiogénico y un infarto agudo de miocardio me obligan a hablar de Ariel sin parar y escribir sobre aquello que temo olvidar en cualquier momento. Desde ayer, todos los verbos para hablar de mi hermano se conjugan en pasado.

4 pensamientos en “Otro tiempo

  1. Leí con atención. Es increíble la forma en que contás, haciendo sentir la necesidad de seguir leyendo, de no perder la lectura de ninguna palabra…
    Lo siento….Seguramente a la distancia, de a ratos, cuando se veían, cuando hablaban o mensajeaban, seguramente se amaban… Lo siento che….estoy para lo que necesites

  2. Fui amiga de Ariel cuando eramos adolescentes y veraneábamos en San Bernardo !!!!!
    No puedo creer lo que estoy leyendo.
    No se porque llego esto a mi.
    Yo si lo quise mucho.
    Era muy bueno me divertía muchísimo pero nos dejamos de ver más o menos a los 20 años……..
    Un abrazo. Silvia o “Vivi” como me llamaban en esa época.

    • Hola, Silvia! Qué sorpresa tu mensaje.. Fue todo tan repentino que recién después de su muerte supimos/conocimos gente que lo conoció.
      De todas formas, y pese que a la tristeza es eterna, es lindo saber que lo recordás así.
      Un beso grande,

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