Mi mujer

Dudo que alguna vez haya escuchado de la existencia del Día Internacional de la Mujer. Mucho menos de las 129 mujeres que murieron quemadas en una fábrica por reclamar mejoras en sus condiciones laborales. Maruca es una mujeraza condensada en un cuerpito que, con suerte, llega al metro sesenta de estatura.

Maruca es María Esther Chávez. Tiene la voz suave y tenue. Estás obligado a prestarle atención cuando habla. Una, porque no levanta la voz. Dos, porque la cadencia al arrastrar las erres es un arrullito. De esos que te envuelven.

Si hay algo de lo que sabe María es de golpes. No tiene moretones, pero nada en su vida fue fácil. Nació el 16 de enero de 1912 en Entre Ríos. Jamás conoció a su padre, ni siquiera de nombre. Quedó huérfana a los pocos años de edad. Un familiar la terminó criando junto a Ángela y Juan, sus hermanos, y algunos otros primos.

Poco es lo que cuenta María de aquella época. No dice que lo haya olvidado, pero el silencio y la sonrisa a veces hacen suponer que prefiera no hablar.

De tan frágil, parece quebrarse. Pero es de algarrobo, o de lo que sea de madera fuerte que crece en Victoria.

En algún momento de su vida conoció a Alejandro Poreda. Él le llevaba como diecisiete años. Ella hablaba poco. Él había escapado de lo que quedaba de Polonia en plena Guerra Mundial I. No hablaba español. Si la comunicación de los matrimonios es difícil, la de ellos sería un misterio.

Tuvieron ocho hijos. Dos de ellos murieron antes de cumplir los tres años. Uno, a pocos meses de nacer. Otro, en un accidente doméstico. Se sobrepuso a esas pérdidas, pero no sé hasta qué medida. Jamás me habló de ellos, y yo no me animé a indagar en semejante dolor.

Se dedicó a criar a los seis restantes. Fueron cinco mujeres y un varón. Con cada uno tuvo una conexión particular, aunque siempre se supo que su debilidad fueron los dos más chicos (y ella también lo reconocería en alguna confesión).

De acuerdo con la Libreta de Familia que guarda, la profesión de Maruca es la de “quehaceres domésticos”. Jamás trabajó la tierra. A cambio, se encargó de la familia, y de preparar la comida para Alejandro, que trabajaba de jornalero en los campos de Lucas González, un pueblo a 17 km de Nogoyá.

María tiene las manos regordetas y suaves. Serían la envidia de cualquier ama de casa moderna que usa detergente con glicerina y guantes hasta para abrir la puerta. Ella ni siquiera usa cremas. Sólo se lima un poco las uñas, siempre prolijas, y a veces, sólo a veces, acepta que sus nietas las pinten con brillo o rosa claro perlado.

Con los años, las hijas mayores se vinieron a Buenos Aires, trabajando de mucamas en casas de conocidos de conocidos de otros conocidos. Al final, se vino el resto de la familia. Dejaron la paz de provincia y se sumergieron en la marejada de gente que va y viene en Retiro (creo que llegaron en un tren que hoy ya no existe). Vivían en una casa chica que, con el paso del tiempo, recuerdan todos como “el ranchito”. Puede que haya alguna foto vieja del lugar..

Siempre tuvo una salud mala. Espantosamente mala. Su remedio recurrente era recostarse bajo la mesa de la cocina, el único lugar fresco de la casa. Aún así, no se quejó nunca. Ni de los dolores de cabeza que le provocaban los picos de presión arterial ni de las cataratas que le impedían ver con claridad.

Ve todo, eso sí. Tratá de hacer algo sin que se entere y verás que cualquier intento será un fracaso. Escucha y ve todo. Desde la silla de la cocina, donde el sol le da en la espalda, no se pierde un detalle.

Se mueve para ver la novela en la televisión, a la hora de los mates, o para tomarse a escondidas la leche chocolatada que algún nieto deja en la mesada.

María es de lo más simple. Y pícara. Tiene una capacidad innata para burlarse con ironía de todo protocolo y vanidad, pero es un placer salir a pasear con ella. Tiene el porte de entrar en silencio a cualquier lugar y que todos noten su delicada presencia. Le gusta escuchar tango a la noche y ver los desfiles militares.

Ama el mate con azúcar quemada, aunque lo tome con edulcorante -o “Chuqui”, como le dice-. Porque, además de todos los achaques, tiene diabetes. Ama el mate y el pan. Pero ningún crimen es perfecto, así que todos saben cuando se lleva a escondidas una coca de pan a la hora de la siesta. Es cuestión de meter la mano en los bolsillos de sus vestidos. Todos son floreados. Todos están llenos de migas. Ella sólo se ríe.

María no sabe leer ni escribir, pero supo mandar a sus hijos a la escuela. Todos tuvieron algún título, primario o secundario. Jamás podría leerle un cuento a sus nietos ni ayudarlos a garabatear con crayones, pero hace unos títeres con medias recién lavadas que son todo un éxito a la hora de reírse o de parar de llorar. Además, te defiende sin necesidad de usar palabras. Parate detrás de ella y nadie te va a retar, sea lo que sea que hayas hecho. “Venga, m’hija.. Quédese acá al lado mío, que ya la van a venir a retar”. Su lado y su falda son armas infalibles para desafiar a los padres. Fuera de eso, sabe ubicarse. Es discreta, reservada.

Nunca vas a saber si tuvo más amores, además de Alejandro, con quien se casó a los 43 años sólo para que una de sus hijas pudiera casarse por Iglesia. Tampoco sabrás qué sintió al enviudar a los 49. Nunca más se casó. Si a los 80 es bonita, de joven debió ser hermosa.

A los 81, María tiene la piel muy blanca, pocas arrugas. El pelo es fino y, obvio, blanco. Usa perlas y un anillo de plata en el anular izquierdo. La cara tiene una proporción perfecta.

En definitiva, es inaprehensible. Está ahí, pero jamás podés alcanzarla. Habla hasta donde quiere. Preguntarle más es difícil. Las respuestas ante esos excesos pueden ser el silencio o una lágrima que enjuga en sus pañuelos de tela floreaditos, tan de abuela, y tan demodé desde la aparición de los Carilina. Pero no se sabe si la lágrima es de emoción o del glaucoma que la tiene a maltraer.

Es fácil adorarla. No obstante, ella es algo más selectiva. Puede detestarte eternamente si la primera impresión que obtuvo no fue buena. En ese caso, te describirá como una “mierda clarita” (la única grosería que le escucharás decir). Pero es incondicional si le caés bien de entrada. Cualquiera de ambos juicios es inexorable. Hacerle cambiar de opinión es caer en saco roto.

Es toda una abuela, salvo que en vez de comprarte caramelos, te los come. Es vulnerable a sus nietos y leal con sus hijos. Sabe ponerles freno a cualquier edad, y contenerlos cuando ya hace rato que hicieron sus vidas. Con nosotros, sus nietos, es igual. Cómplice. Ella me escondía en su falda, y yo le daba panes a escondidas. Supo protegernos. Y habría sabido acompañarnos incondicionalmente en nuestros errores. Y defendernos ante cualquier dolor.

Murió hace casi veinte años, el 12 de noviembre de 1993, en casa, mientras se despertaba para merendar. Se fue en silencio, tranquila, de sorpresa, pero nos desgarró. No hubo dónde esconderse para evadir el dolor de su falta. Quizás por eso todavía hoy hable de ella en presente.

Ayer fue el Día Internacional de la Mujer, y su imagen se hizo más recurrente que de costumbre. No es la mujer que se discute hoy en día, y por la que peleamos en distintos espacios. Pero es mía. La mía.

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