El péndulo español y la alegría

“Y todo volvió a fluir con una sonrosada placidez, la apacible costumbre del agua que corre, una violencia simbólica, mansa y carnosa, que desembocó en una nueva definición de la necesidad y terminó de pulverizar el prestigio de las frases importantes, inútiles ahora, torpes, pueriles en su ampulosa dificultad. Raquel Fernández Perea abría los ojos, exponía su cualidad densa y brillante a la entregada voluntad de mis ojos, y todos los péndulos del mundo emprendían a la vez un movimiento armónico que detenía el tiempo, y anulaba el espacio, y estremecía mi corazón, el corazón de la Tierra.

Raquel Fernández Perea cerraba los ojos, y sus párpados acariciaban los ojos del planeta como dedos armónicos, perfumados, balsámicos, para que todos los péndulos del mundo invirtieran a la vez su recorrido, llevándose la realidad con ellos a un universo fresco y tierno, recién nacido. Raquel Fernández Perea respiraba, y la respiración tensaba con un hilo imaginario el balcón inmaculado de su pecho, y yo me quería morir,

-Álvaro…

quería morirme allí, acabar en aquel instante de plenitud memorable, renunciar a acumular experiencias triviales, indignas de un hombre que habría podido escoger la abrumadora belleza de aquella muerte vivísima… Yo quería vivir, vivir siempre, para siempre, vivir allí, en el núcleo indivisible de aquel gemido primario y caprichoso…

-Álvaro…

Era ella entera la que sonreía, no sus labios, no sus ojos, no su cara, sino ella entera, cada centímetro de su piel perfecta que temblaba debajo de mis manos, de los dedos que la asían por la desproporción luminosa y espléndida de sus caderas, y en esa sonrisa nacían y morían todas las sonrisas…

La Tierra daba vueltas alrededor de sí misma y de las caderas de Raquel, porque el todo era tan grande, tan poderoso, que ni siquiera se tomaba la molestia de compararse con la suma de sus partes, porque un tiempo blando, gelatinoso, suspendía las leyes físicas en la cama donde nos amábamos y porque yo amaba a esa mujer, la amaba tanto que después, cuando la tenía tranquila y callada, a mi lado, comprendía con una actitud cegadora, casi dolorosa, la medida de mi suerte.
La alegría no tiene precio. No existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es alegría. Yo lo sabía, porque había conocido demasiado bien el color gris en los tiempos de mi pobreza, todos esos años que viví creyendo que mi vida era vida, y que era mía.”

Almudena Grandes, El corazón helado.

Un pensamiento en “El péndulo español y la alegría

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