El origen de todo

Bueno, de todo, no. Eso sería algo presuntuoso. El origen de mí. Y hasta ahí.

 

En plena madrugada, mamá se despertó con contracciones. Dice que no recuerda muchos detalles de ese día, pero de a poco, los enumera con notable precisión.. Decía, a ella la despertaron los dolores. Papá fue a cargar nafta, mientras ella se duchaba. El viejo, que es la previsión hecha carne, no tenía mucho combustible. Tal vez, porque se suponía que me esperaban para el 6 de enero. De acuerdo con su versión, habían venido de Bella Vista horas antes y no tuvo tiempo de pasar por una estación.

Los dos habían pasado Nochebuena y Navidad con gran parte de mi familia materna. Cuenta la tía Hortensia, anfitriona del banquete, que mamá se pasó buena parte del 25 de diciembre con los pies en una palangana y comiendo nueces, fruta repugnante si las hay. “Tenía un solero amarillo, con florcitas rojas. Se hacía trencitas en el pelo.. Se hacía la chiquita”, chicanea, aunque rápido, lo arregla: “Tu madre siempre se hizo la linda. Bueno, siempre fue linda. Una carita, sus gestos”. “Yo le dije: ‘Mita, vas a tener una nena”, relata la Negra, sabiendo que, para variar, tuvo razón.

Volvieron a casa ese día, a la tarde. Mamá dice que regó las plantas con papá. Podría creerlo, pero esa imagen se contrapone con lo que dice Amelia, mi vecina. “¡Ay, Ursula! Tu mamá, ¡qué inquieta! Todavía me acuerdo cuando ya estaba a punto de tenerte y baldeaba la vereda. Yo la retaba, pensando que como soy más vieja me iba a hacer caso, pero nada”, me confió alguna vez.

Como sea, mami rompió bolsa. Llegó a casa la tía Raquel (que no se llama Raquel), con una sandalia puesta y la otra, en la mano. Al rato, la tía Mire (que tampoco se llama Mire). De ahí, fuimos para la Clínica Dussaut, que (creo) ya no existe.

Le pregunto a mamá si ocurrió algo raro, como siempre pasa en todos los partos. Y sí, pasó. En una de las revisaciones, un médico le pregunta si le habían dicho que tenía el útero al revés, consulta que, lejos de encontrar una respuesta, acaba por ser recordada como una estupidez supina. “Ah, ¡y tengo otra!”, adelanta. “Fui caminando a la sala de parto, con una enfermera. La mujer me miró la panza y me dijo: ‘Va a tener un hermoso varón’.. ¡Qué boluda! Te imaginarás que nunca más apareció”, se ríe.

Por fortuna, la enfermera estaba errada. Mis padres no sabían el sexo del bebé por venir, pero no habían elegido un nombre masculino, ni tenían vestimenta de color acorde. Meses antes, en una salomónica decisión, habían acordado que, si era mujer, papá elegiría el nombre. Si era varón, mamá. “La verdad, no te había elegido nombre. Supongo que te hubieras llamado Horacio, como papá”, reconoce ella. Papá -que además de previsor y previsible, es de lo más riguroso a la hora de los compromisos- fue rápido. Anotó en un papel dos nombres: Ursula y Andrea. Lo dejó sobre una mesa, antes de irse a trabajar.

Después de doce horas de labor, no me quedó más opción que salir al toro. Dice mamá que fue un parto tranquilo y que no dejó que papá entrara a la sala. “¿Cómo me iba a ver así? Es una situación muy íntima”, argumenta. Nací el 26 de diciembre de 1981. Hacía calor y era sábado. Me esperaban mis viejos, que fantaseaban con una hija desde hacía años.

Que me perdone Freud, pero dudo que una llegada tan apacible pudiera ser mi primera experiencia traumática. Treinta y un años después, sigo pensando que fue todo un buen comienzo.

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