Madres

“En silencio, mi guardia de corps y yo ajustamos nuestro paso al suyo. Mi madre, en su turbación, había olvidado dirigirle el más elemental saludo de cortesía. Caminaba con un trotecillo, y mientras yo consideraba su deplorable cinturón, me pregunté qué era lo que la hacía tan fea. Y era… la esperanza”.

Yukio Mishima, “El pabellón de oro”.

 

(su esperanza resplandecía cuanto más pasaran los años. se había vuelto inquebrantable, etérea, hermosa y eternamente inexplicable.)

(eso lo digo yo, no mishima)

Derrida (sus razonamientos y mis razones)

Esto es lo que pasa cuando uno se pone a pensar.. O a leer a gente que lo pensó antes (y mejor).

 

El perdón se confunde a menudo con temas aledaños: la disculpa, el pesar, la amnistía, la prescripción, una cantidad de significaciones, algunas de las cuales corresponden al derecho, al derecho penal con respecto al cual el perdón debería permanecer en principio heterogéneo e irreductible.

El escenario, la figura, el lenguaje a que tratamos de ajustarlo, pertenecen a una herencia religiosa (digamos abrahámica, para reunir en ella el judaísmo, los cristianismos y el islam). Esta tradición es singular y a la vez está en vías de universalización, a través de lo que cierta escena del perdón pone en juego o saca a la luz.

La proliferación de estas escenas de arrepentimiento y de “perdón” invocado, significa sin duda una urgencia universal de la memoria: es preciso volverse hacia el pasado…

Pero el simulacro, el ritual automático, la hipocresía, el cálculo o la caricatura a menudo son de la partida, y se invitan como parásitos a esta ceremonia de la culpabilidad. He ahí toda una humanidad sacudida por un movimiento que pretende ser unánime…

Entonces la “mundialización” del perdón semeja una inmensa escena de confesión en curso, una convulsión-conversión-confesión virtualmente cristiana, un proceso de cristianización que ya no necesita de la Iglesia cristiana…

Cada vez que el perdón está al servicio de una finalidad, aunque ésta sea noble y espiritual, cada vez que tiende a restablecer una normalidad (social, nacional, política, psicológica) mediante un trabajo de duelo, mediante alguna terapia o ecología de la memoria, entonces el “perdón” no es puro, ni lo es su concepto. El perdón no es, no debería ser, ni normal, ni normativo, ni normalizante. Debería permanecer excepcional y extraordinario, sometido a la prueba de lo imposible: como si interrumpiese el curso ordinario de la temporalidad histórica.

Existe lo imperdonable. Si sólo se estuviera dispuesto a perdonar lo que parece perdonable, la idea misma de perdón se desvanecería. El perdón perdona sólo lo imperdonable. El perdón debe presentarse como lo imposible mismo.

Todo es perdonable salvo el crimen contra el espíritu, contra la capacidad reconciliadora del perdón.

El perdón debe tener sentido. Debería determinarse sobre una base de salvación, de reconciliación, de redención, de expiación, diría incluso de sacrificio…

Si digo: “te perdono con la condición de que, al pedir perdón, hayas cambiado y ya no seas el mismo”, ¿acaso te perdono?; ¿qué es lo que perdono? y ¿a quién?; ¿qué perdono y a quién?; ¿perdono algo o perdono a alguien?

Para que exista perdón, ¿no es preciso, por el contrario, perdonar tanto la falta como al culpable en tanto tales, allí donde uno y otro permanecen, tan irreversiblemente como el mal, como el mal mismo, y serían capaces de repetirse, imperdonablemente, sin transformación, sin mejora, sin arrepentimiento ni promesa? ¿No se debe sostener que un perdón digno de ese nombre, si existe alguna vez, debe perdonar lo imperdonable, y sin condiciones?

El perdón puro e incondicional debe no tener ningún “sentido”, incluso ninguna finalidad, ninguna inteligibilidad. Es una locura de lo imposible.

El perdón es loco, debe hundirse, pero lúcidamente, en la noche de lo ininteligible. Llamemos a esto lo inconsciente o la no-conciencia. Desde que la víctima “comprende” al criminal, desde que intercambia, habla, se entiende con él, la escena de la reconciliación ha comenzado, y con ella ese perdón usual que es cualquier cosa menos un perdón. Se acabo el asunto del perdón puro.
 

 

Jacques Derrida, El siglo y el perdón.1999.