A nadie se le caen los anillos, y menos por un chango

Era necesario. Como todo cambio. Radical. Como todo cambio. Temerario. Como todo cambio. Una cagada. Como todo cambio. Pero bajé la cabeza, solapé la vergüenza y lo hice.

Bueno, sí. Lo hice casi por obligación, pero el resultado fue el mismo. No podía cargar mil bolsas con las compras, y no pensaba dejar un porcentaje cada vez mayor de mi sueldo en remises. Mucho menos depender de mi papá para que lleve y traiga. Así que saqué la billetera, me agregué como 30 años más de los que casi tengo y compré un chango. No, no el chango que venden en Palermo, tuneadito y con detalles en animal print. Un chango carromato, con esas bolsas de rafia a rayas, verde y celeste. Por lo menos, tiene verde. Qué sé yo. Igual, me encanta y defiendo la compra: “es la mejor inversión en meses”, repito.

Y, si bien vivo en un barrio bien barrio, y mis vecinos suman años con notación científica, la verdad es que da un poco de calor salir a la calle con eso. Pero insisto: es necesario.Lo que no resultaba necesario era salir a comprar vestida con la misma ropa con la que volvía de trabajar. Una cosa son tacos, uñas pintadas y un vestido negro en una oficina, y otra es cargar con el changuito por las calles así vestida. Fue inevitable: la heladera no entiende de jeans, zapatillas y negocios cerrados.

“¿Acá, mamá?”, me pregunta. “Sí, chino. Metete adentro si querés”. Llevo saco, por si refresca; billetera, lista de compras, rodete bajo. Tengo todo. Cual escena de Mamma Roma, camino por la calle apurada, mientras él juega adentro del carro. Bien podría ser la protagonista, salvo que no soy una prostituta, y auspicio un mejor futuro para mi hijo. Aunque el perfil de Anna Magnani me viene perfecto.. De hecho, ya me dijeron varias veces que me vivo quejando.

Así como estoy, soy una perfecta viuda italiana de posguerra. Algo mejor conservada, pero camino a ello, quejándome de todo, hablando en voz baja, exagerando desventuras y riéndome a los gritos.

“Mmm, esto es la mugre”, pienso. Y sí. Ese supermercado es bastante más barato, y hasta te obliga a hacer ejercicio, esquivando la verdura en el piso, los packs de gaseosas mal ubicados, y los charcos de agua que salen de las heladeras.. “Bueno, sólo compro paquetes cerrados y latas. Y miro la fecha de vencimiento”, me autoconvenzo. “No, Fedito, eso no. ¡¡No!! Ahí tampoco toques. ¡No! Eso esta sucio”. Los “¡no!” se gritan bajito -sí, es así-, sólo cuando el peso del chango lleno me deja un mínimo aire extra para hablar. “Mierda, que esto pesa más de lo previsto”, reacciono.

Listo. Super, carnicería, verdulería y panadería. Ya está todo. Esta todo menos la idea de como volver las diez cuadras con un peso traducido en casi 600 pesos, y un hijo que no va a querer caminar todo el tramo.

“Mamá! Mamá! Mamá Pupi! Yo, acá!”, me pide, pero es imposible. No puede llevar el carro, aunque insiste en manejarlo. Así que vamos los dos en fila, empujando. Él, adelante; yo, atrás. Empujando desde lejos, para que no se dé cuenta. Y agonizando el esfuerzo.

Y el chango se traba en los baches. Y las veredas están rotas. Y la fuerza que hay que hacer para inclinarlo es increíble. Y las ruedas son fuertes pero no se mueven para todos lados, así que para doblar, tengo que hacer un juego de caderas que me recuerda a cuando jugaba al hockey. Y los brazos no me dan más. Y me cago en Dios. “Perdón, Dios, pero dame una mano”, pienso. Bah, sí. Me cago en Dios. Que ir de compras cueste tanto no puede ser interpretado más que como un castigo fáctico a algún pecadito cometido. Y todo es difícil hasta que suena el celular, que cargo vaya uno a saber dónde. Es mamá. “¿Y? ¿Cómo vas con tu mejor compra en meses?”, se burla. “Impecable. Es super práctico y entra de todo..”, contesto. Espera sentada si querés que te dé la razon, má..

“Apa, mamá”. ¿Eh? ¿Upa? ¿Ahora? ¡¿Ahora?! Sí, upa. Menos mal que falta una cuadra, y mi calle es cuesta abajo. “Gracias, Dios. Era hora, ¿no? Ahora sólo me debes algunas explicaciones nomás”, digo.

Y llegamos. Lo miro, y si. Es lindo. Imprescindible. Fuerte. No, mi hijo no: hablo del chango. Es fantástico (mi hijo es eso y más). Es todo eso, aunque no combine conmigo. Es eso, a pesar de que en la batalla me abollo un anillo y me rascó el esmalte de una uña.

Ya está. Llegamos. En cuanto se duerma, me pongo a ver una peli. Italiana, seguro.

Un pensamiento en “A nadie se le caen los anillos, y menos por un chango

  1. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Por favor, me describiste a las viejas que por acá se ven solamente los domingos! JAJAJAJAJAJAJAJA!!! ¡Qué peli hubiera hecho el gran Fellini con tu chango! =D ¡Sos una grosa escribiendo! Jajajaja! Además, hacer de la vida cotidiana relato literario, es cortaziano (?). #Grosa

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